@DIN - Comentarios, entrevistas, reportajes: noviembre 12, 2006

lunes, noviembre 13, 2006

DEMOCRACIA, ¿QUÉ DEMOCRACIA? CRISTIANISMO ¿QUÉ CRISTIANISMO?

Composición gráfica: Ana María Silva
Por: Susana Merino

En el seno de nuestra tan deteriorada democracia es habitual calificar rápida e irresponsablemente de izquierdas o de derechas a todas las tendencias políticas y a sus sostenedores, incluyendo desde los sectores aspirantes al poder sendas variables: centro izquierda y centro derecha, en vano intento de captar un espectro más amplio de voluntades y ahuyentar algunos fantasmas recurrentes del pasado propio o ajeno, como pueden ser el comunismo en el primer caso y el fascismo en el segundo.

Estoy convencida de que sólo se trata de contraponer con maquiavélica intencionalidad visiones de la realidad y propuestas claramente contradictorias cuyo objeto no es ciertamente mejorar las condiciones de vida de la sociedad sino capitalizar a favor de uno u otro segmento de opinión suficientes ventajas como para imponer este o aquel modelo, o capitalista o socialista y de esta manera dificultar los necesarios acuerdos sobre un común denominador que permitiría resolver de raíz los verdaderos problemas de la gente.

Y entonces comienzan a surgir las discrepancias que si en uno hay más libertad, que si en el otro prima la solidaridad, que el estado no debe inmiscuirse en la actividad privada, que el estado debe planificar el desarrollo económico... Y yo me pregunto ¿porqué no comenzamos por respetar los lineamientos democráticos que nos fija la constitución y que nadie rechaza (por lo menos en sus contenidos básicos) y hacemos la prueba de cumplir las leyes y sobre la base de resultados concretos percibidos por el conjunto de la sociedad impulsamos o no determinadas modificaciones?

Yo creo que cualquier sistema requiere límites y que nada es blanco o negro como pretenden los partidarios de una u otra tendencia, pese a los mencionados y ambiguos matices. Probadas están las nefastas consecuencias del “capitalismo salvaje” pero también han fracasado los regímenes comunistas establecidos en varios continentes Cuba a pesar de las críticas y de los ataques del neoliberalismo podría llegar a ser la excepción que confirma la regla. Pero tampoco estoy demasiado segura, puesto que resulta imposible confirmarlo acosada como está, desde hace más de cuatro décadas, no solo por el bloqueo que la afecta desde que fuera proclamado en 1962 por el Presidente Kennedy, sino también por las constantes y reiteradas amenazas que recibe de su vecino del norte.

Afortunadamente y aunque esto resulte una pequeña digresión en la última asamblea de la Naciones Unidas, 183 países de los 191 miembros que la componen se han manifestado a favor de su finalización por tratarse de una medida propia de situaciones bélicas, ilegal y contraria a la reiteradamente proclamada libertad de comercio.

Pero volviendo al tema de nuestra preocupación, por qué no empezamos por analizar qué clase de democracia hemos venido sosteniendo, si es que realmente se cumple con la división de poderes, con la subsidiariedad del estado, con la igualdad de oportunidades, con la libertad de prensa, con la justicia fiscal, con el respeto a los derechos de los ciudadanos, con la primacía del bien común y nos dedicamos después a considerar si debemos alentar cambios que la destinen al cajón de los desechos.

El problema básico a mi criterio son las permanentes desviaciones de nuestras mal llamadas democracias, una máscara capaz de ocultar manipulaciones tan terribles como la invasión a Irak o el narcotráfico que se simula combatir o la generación de contingentes de inmigrantes desesperados por encontrar apenas un lugar para la supervivencia y tantos otros problemas que sería interminable enumerar y que todos conocemos.

¿Por qué no preocuparnos entonces por construir verdaderas democracias que al estar con los pensadores más lúcidos es hasta ahora la forma de organización social conocida más sensata y aceptable? Pero democracias en serio, democracias para las mayorías y no para los siempre minoritarios grupos de privilegiados que las deforman en su propio beneficio.

He venido insistiendo y seguiré haciendolo, en que los cristianos tenemos en esto la mayor parte de las responsabilidades ya que nuestro Rabí de Galilea, como me gusta llamar al Maestro, a pesar de no haber vivido en un régimen democrático pregonó las virtudes que debería desarrollar una sociedad justa, equitativa y solidaria y cuyas bases sin ser cristianos establecieron y heredamos de los griegos pero no hemos honrado los que nos preciamos de serlo.

Hace pocos días he asistido a un Congreso de Evangelización de la Cultura en la sede de la Pontificia Universidad Católica Argentina y aún me pregunto ¿evangelizar qué cultura? ¿ No es nuestra cultura actual fruto de la evangelización? ¿No llevamos 20 siglos de cultura evangélica? o ¿no somos una civilización occidental y cristiana? ¿No llevamos cinco siglos, de evagelización continental a partir de la llegada de los conquistadores europeos acompañados por clérigos, monjes y religiosos encargados de esa sagrada misión? ¿No llevan ya casi cinco décadas las Universidades Católicas argentinas formando profesionales, dirigentes, políticos, profesores, empresarios cristianamente preparados para desarrollar sus respectivas actividades imbuídos de valores éticos y convicciones morales capaces de incorporar a la sociedad el sentido de justicia, de equidad, de solidaridad que tanto pregonamos? ¿De qué cultura estamos hablando?

Los congresos, los symposios, los foros, las jornadas son todos acontecimientos muy bonitos, nos permiten encontrarnos con amigos y hasta con quienes no lo son, lucirnos si tenemos el don de la elocuencia, concitar la atención de nuestros pares, acercarnos a quienes por méritos o algunas artimañas ocupan posiciones destacadas, departir amablemente aún con aquellos con quienes disentimos, hacer un alto en la rutina cotidiana, etc.,etc. etc., pero debatir en serio ¿para cuando? Analizar la realidad y sentirnos responsables de encontrar soluciones a la conflictivas situaciones que nos circundan y cuya creciente gravedad pareciéramos ignorar ¿cuando, cómo, donde?

Me pregunto entonces... en una época en que la globalización nos instala problemas similares, en que las comunicaciones nos permiten ver crecer aceleradamente las barbas del vecino, ¿tenemos derecho a seguir siendo tan ciegos? ¿tenemos derecho a seguir comprometiendo no solo a las generaciones que vendrán, sino también y mucho más directamente a las que ya están entre nosotros? ¿Tenemos derecho a seguir embarcados en discusiones académicas en ámbitos acogedoramente confortables mientras la realidad y la historia pasan exactamente por el extremo opuesto?

Mientras tanto se sigue instalando la disyuntiva Liberalismo o Comunismo, antagonismo absurdo. “Libertad, igualdad, fraternidad” creo que es la más perfecta síntesis de la sociedad a que todos deberíamos aspirar y que sin duda postergan e impiden quienes defienden intereses espurios no siempre talvez conscientemente o se aferran a ideologías mesiánicas y diametralmente opuestas.

Resulta muy fácil y cómodo calificar de “zurdos” a quienes por el simple hecho de soñar con una sociedad mejor manifiestan su disconformidad con el actual modelo de convivencia que hemos construido encubriendo con ese mote el único y artero objetivo de seguir manteniendo los privilegios de ciertas minorías.

Tratemos por lo tanto, creyentes y no creyentes, de elaborar argumentos que “desconstruyan”, como se dice ahora, ese engañoso antagonismo y sienten las bases de “otro mundo posible” en el que no necesariamente haya que optar ni seguir al pie de la letra ni la filosofía marxista ni los postulados de Adam Smith.