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sábado, agosto 20, 2005

La vena racista del Reino Unido



Recientemente fue asesinado Anthony Walker
, un muchacho negro que tenía dieciocho años y toda la vida por delante hasta la tarde en que dos o tres hombres le abrieron la cabeza con un hacha por el delito de tener una novia blanca.


Por Miguel Molina *

Los niños tienen miedo de salir de sus casas. El sistema de bienestar social es demasiado suave. La policía es políticamente correcta. Los delincuentes juveniles tienen vacaciones gratis. Clérigos extremistas predican la guerra santa. Hay un millón de inmigrantes ilegales.
No hay control de las fronteras. El país es un nido de terroristas. Las sentencias son muy compasivas. No hay espacio en las prisiones. Se respetan los derechos humanos. Cada vez se abusa más del sistema de seguridad social. Hay asesinos racistas en nuestras puertas.
De todos los titulares que publican los tabloides británicos, quizá el único que no exagera es el último, porque nadie puede negar que hay una vena racista en el corazón del Reino Unido.
La más reciente confirmación es el asesinato de Anthony Walker, un muchacho negro que tenía dieciocho años y toda la vida por delante hasta la tarde en que dos o tres hombres le abrieron la cabeza con un hacha por el delito de tener una novia blanca.
Pero no se necesitaba confirmación. Las agresiones a musulmanes, que por lo general son asiáticos del subcontinente indio, han aumentado de manera escandalosa desde los atentados del siete de julio, a un promedio de nueve diarias.
Y aunque el racismo no necesita pretextos, me parece que la actitud de los tabloides británicos, y a veces de los diarios que de otra forma podrían considerarse serios, ha contribuido a exacerbar los ánimos y a falsear la realidad, como podrá verificar quien lea los titulares y viva en Londres.

Desmoralizados, incomprendidos, aislados

No se trata de un fenómeno nuevo. Un estudio que hizo la BBC en 2002 sugiere que la mitad de los habitantes del Reino Unido pensamos que la sociedad en la que nos tocó vivir es racista, aunque no tanto como a principios de los noventa ni mucho menos antes de ese tiempo.
Aunque la percepción que registra un estudio y la realidad que experimenta una persona sean cosas distintas, resultan claras entonces ahora las desventajas de negros y asiáticos ante los blancos, y se advierte que un importante sector de la población considera, ahora como entonces, que la migración ha perjudicado al país.
La verdadera migración masiva al Reino Unido se inició hace poco más de medio siglo, cuando el imperio británico terminó de desmoronarse y quienes vivían en las colonias decidieron venir a esta isla. Pero ya había una mezcla de razas y de culturas quizá no tan distinta de la sociedad actual.
La invasión de inmigrantes que alarma a los tabloides en realidad no existe. Cuando varias naciones de Europa oriental se integraron a la Unión Europea, los columnistas y los editorialistas no cesaron de advertir que el país se vería inundado por polacos sin empleo.
Los polacos no llegaron. Al menos, los polacos desempleados. Han llegado polacos como han llegado eslovacos como han llegado italianos o españoles, pero están lejos de vivir de la seguridad social, y no les roban a los británicos sus empleos.
En todo caso, ninguna de las razones que manejan los tabloides justificaría la discriminación que viven muchos, aunque más los asiáticos del subcontinente indio y en especial los musulmanes, que se sienten desmoralizados, incomprendidos y aislados, como lo han señalado desde hace mucho tiempo.
Pero las razones del descontento no tienen su origen en la invasión a Iraq ni en la guerra de Afganistán, como lo demostraría el hecho de que en julio de 2001, antes de los ataques a las torres gemelas de Nueva York, se hubieran producido en Bradford, en el norte de Inglaterra, los incidentes raciales más violentos de una generación.
Quizá esta reflexión deshilvanada sirva de algo. Después de todo, este breve espacio sólo alcanza para ver la superficie de un fenómeno tan antiguo como el ser humano mismo, pero al mismo tiempo permite ofrecer hechos para que los lectores vayan más allá de esa superficie, si se atreven.

* Columnista, BBC Mundo, Londres.