@DIN - Comentarios, entrevistas, reportajes: Ocho años de resistencia iraní ante los invasores de oriente y occidente

sábado, septiembre 23, 2006

Ocho años de resistencia iraní ante los invasores de oriente y occidente


Teherán, Irán. IRNA. 23 de septiembre de 2006
Nacional. Sociedad. Política.

La amarga experiencia de ocho años de guerra impuesta al pueblo iraní tuvo como consecuencia el que la entonces joven república islámica de Irán se percatase y conociese mejor cómo actúan las interacciones en las matrices de poder de la comunidad internacional.

La imposición de una guerra de parte de la dictadura baathista de Bagdad y la ocupación de algunas zonas de territorio iraní situadas en el sur y oeste del país, y encima bajo el visto bueno directo de las instituciones internacionales y de las grandes potencias, sobre todo de las dos superpotencias imperantes en aquellos momentos, más que verse como un evento natural en el proceso de las relaciones entre los países fue una violación flagrante de los derechos de los iraníes, pero la misma invasión del suelo iraní y la trasgresión del tratado de Argel firmado en 1975 — que reconocía las fronteras terrestres establecidas en 1913 y la división del río de Shatt Al ‘Arab por la línea del Talweg (la de mayor profundidad) así como el bloqueo de las fronteras a grupos armados— por parte de Saddam, quien tenía particular inquina contra la Revolución islámica de Irán, podría verse más tarde repetida en casi el mismo escenario, pocos kilómetros más abajo en el mapa de la zona: Kuwait.

Sin embargo, lo que ha hecho que el pueblo iraní desconfíe de unas instituciones internacionales a las que consideran desprestigiadas y ha puesto en duda las complejas relaciones de poder que se dan en el escenario internacional ha sido el silencio mantenido por todos aquellos que dieron un giro radical saliéndose de las filas de los aliados del régimen baathista de Irak —después de que Saddam hubiese invadido Kuwait— y se adhiriesen a las filas de los Aliados que atacaban al entonces dictador iraquí.

A pesar de que entonces el Consejo de Seguridad (CS) de la ONU, o sea, en 1979, actuaba en consonancia con el orden bipolar y el equilibrio de poder que imperaba en el escenario mundial, desde el principio hasta el fin de la guerra impuesta emitió nueve resoluciones y 10 comunicados sobre la misma, pero ninguna de ellas jamás reconoció formalmente los derechos más fundamentales y naturales del pueblo iraní ante la agresividad del régimen baathista, y básicamente se abstenía de proclamar o denunciar al que dio inicio a la contienda, y, entretanto, a sabiendas o ignorantemente no se daban cuenta de esta realidad que no es otra de cuán estaban siendo objetos de la mofa y del escarnio de la opinión pública inteligente internacional, que deploraba esta rehuida de señalar directamente con el dedo al auténtico agresor e iniciador de la guerra: Saddam Husein.

Dicho de otro modo; de la actitud de las instituciones internacionales y las superpotencias los iraníes —y no tan iraníes— deducían que éstas confluían con el dictador de Bagdad, quien tuvo la osadía de romper ante las cámaras de televisión y a la vista de todo el mundo los documentos del Tratado de Argel, conceder legitimidad a su invasión a Irán y cometer los peores y más denigrantes crímenes de guerra contra el pueblo iraní.

La cuestión es que este comportamiento propio del Medioevo tenía lugar mientras que el dictador de Bagdad, borracho de poder, no permitía que la preocupación por las reacciones internacionales hicieran mella en él, mucho más por cuanto se veía arropado por las superpotencias, de las que él mismo se creía —acertadamente— ejecutor de su voluntad al actuar en contra de la revolución islámica de Irán.

Durante los ocho años que duró la guerra no deseada por los iraníes y ansiada por Saddam y sus secuaces, los iraníes hacían hincapié en algo que consideraban fundamental, que tenían como prioridad total, y no era otra cosa que proclamar que el régimen baathista de Irak era en su esencia perverso, maligno, agresor y una fuente de crisis amén de una amenaza para toda la región y para la comunidad internacional, una realidad de la que todos hacían oídos sordos pero que más tarde —no mucho más tarde— se materializó cual fantasma a los ojos de todo el mundo, sobre todo, de sus vecinos árabes —o, lo que es lo mismo, sus antiguos amigos y actuales enemigos—, cuando Saddam decidió ocupar Kuwait y entonces tuvo que intervenir con sus ejércitos los Aliados para acabar con el propio monstruo que ellos mismos habían creado, en lo que fue un despliegue bélico sin precedentes desde la II Guerra Mundial.

Mientras tanto, los iraníes, que ya habían probado el fuego de las armas de Saddam y ahora veían cómo el dictador iraquí invadía el vecino Kuwait, se dieron cuenta enseguida de que el CS de la ONU no es un órganos de arbitraje internacional imparcial ni un responsable para establecer la paz y la seguridad en el mundo sino una herramienta, un medio, un arma arrojadiza para revestir de legitimidad las metas y las ansias que un día se visualizan como aliento insuflado a gobernantes de la calaña de Saddam mientras que otro día se manifiesta bajo la forma de la caída de ese mismo régimen al que antes apoyó. Mientras tanto, lo que sí que realmente son ignorados son los derechos de aquellas naciones que carecen de las palancas y los recursos necesarios para hacer su propia voluntad y decir lo que tenga que decir.

El punto más importante es que el CS, en su última resolución sobre esa guerra, o sea, la 598, que ordena un alto el fuego después de ocho años, jamás mostró voluntad ninguna para llevar a buen puerto esta resolución al no cerrar un tratado de paz entre Teherán y Bagdad. Por lo tanto, desde 1988 y hasta la fecha, Irán e Irak sólo se han conformado con un alto el fuego recogido en dicha resolución.

Dicho esto, es oportuno el que Irán espere a que el CS presione a la ONU a que cumpla con su deber fundamental, que he aquí que es que haga un seguimiento jurídico de la resolución, es decir, un deber y una responsabilidad que dicho consejo ha eludido desde entonces y hasta ahora, pues a pesar de que Irak fue finalmente proclamado como iniciador de la guerra, no se le obligó a pagar las correspondientes indemnizaciones, que equivalen a miles de millones de dólares.