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Ser o no ser


Foto: Indymedia Argentina y Centro de Estudiantes de Arte Fotográfico de Avellaneda


Por: Susana Merino *

La Argentina se halla frente a uno de los desafíos más importantes de su historia. Nunca como ahora ha sido tan profundo su deterioro ni sus perspectivas tan oscuras. La sociedad como jamás antes ha tomado conciencia de hallarse definitivamente al borde de un abismo del que, de caer, le será imposible levantarse sin que transcurran no una sino varias generaciones.

No se trata de una visión apocalíptica sino de una comprobación cotidiana que cada día nos acerca más aceleradamente hacia el “no ser”. “ No ser” un país soberano, “no ser” una sociedad medianamente organizada, “no ser” un estado digno del imprescindible respeto de sus ciudadanos ni de sus pares en el mundo, “no ser” una comunidad sólidamente edificada sobre tramas laborales, legales, económicas y sociales que le garanticen su estabilidad como nación.
Cunden las amenazas de desmembrar nuestro territorio, de apropiarse de nuestros recursos naturales, de avanzar sobre nuestra Constitución y nuestras leyes, largamente bastardeadas por propios y extraños, de establecer cabeceras de puente militares en el país. Funcionarios imperiales y miembros de organismos internacionales se arrogan el derecho de humillarnos impunemente sin que nuestras autoridades ni nuestros políticos esbocen la menor reacción ni acusen el más mínimo impacto ante sus inaceptables injurias.
Y no se trata solo de amenazas. El capitalismo internacional ya ha logrado adueñarse por una parte, de nuestro petróleo, de nuestra energía, de nuestros servicios públicos, está a un paso de hacer lo mismo con la totalidad de nuestro sistema bancario y por dicho intermedio de las tierras más fecundas de nuestra patria y por otra ha penetrado sistemáticamente en nuestra propia cultura sembrando desasosiego y desesperanza y debilitando cada vez más si cabe nuestra capacidad de resistencia para lograr con el menor esfuerzo posible sus arteros designios.
Sin embargo hay signos evidentes de que la sociedad comienza a despertar de su inercia, del prolongado letargo a que ha venido siendo sometida durante más de una década a través de consignas maliciosas y de promesas incumplidas: que “estamos en el primer mundo”, que “con la democracia se come, se cura, se educa”, mientras se ocupaban de robarnos cada día un poco más de democracia, que “un peso vale un dólar” y nos transformábamos en obnubilados consumidores de productos importados mientras se desmoronaban nuestra industria y nuestras fuentes de trabajo. ¡Cuánta ceguera! Pero mucho más ¡cuánta traición, cuánta felonía, cuánta inmoralidad disfrazada de política!
Pero esta sociedad que busca a tientas la salida necesita el hilo conductor que le permita sortear las mil y una dificultades que la acechan. Y mientras tanto se repiten ideas agotadas, se dilapidan esfuerzos, se reiteran esquemas perimidos y se pretende rescatar teorías que ya no responden a nuestra época. Algunas organizaciones políticas tradicionales tozudamente insisten en imponer una visión excluyente y solitaria sin comprender que no son las dueñas de la verdad absoluta y que solo en la pluralidad, en la búsqueda de consenso, en el diálogo múltiple y fecundo será posible encontrar nuevas y creativas formas de convivencia para desde allí construir una unidad lo suficientemente sólida como para permitirnos hacerle frente al poderoso enemigo que tentacularmente nos sofoca.

Nuestra dirigencia o está voluntariamente subordinada a intereses espurios o está encerrada en su propia y anquilosada burbuja de cristal desde donde percibe una realidad distorsionada o imaginaria. ¿Cuántos políticos han prestado atención al surgimiento de experiencias tan valiosas como las de las cooperativas de trabajadores al rescate y puesta en marcha de sus fuentes laborales? ¿Cuántos están buscando restablecer el diálogo con sus mandantes? ¿Cuántos están impulsando consultas ciudadanas que les permitan nutrir de realidades su propio y vetusto imaginario? ¿Cuántos están honestamente convencidos de que los ciudadanos deben ser escuchados y respetados sus intereses? ¿Cuántos son capaces de descubrir junto a sus pares lo que los une y postergar lo que los separa?
La sociedad está ávida de líderes en quienes confiar. De líderes capaces de restituirle la confianza y la credibilidad perdidas. El estado asambleario asumido por muchos ciudadanos solo permite ir resolviendo problemas de pequeñísima escala. El país necesita una conducción que la interprete y que fije las pautas de mediano y largo plazo que le posibilite ir recuperando gradualmente el soberano manejo de su propio destino.
Estamos no solo a la deriva sino a merced de una horda de bucaneros que al mejor estilo de siglos que creíamos superados espera el momento más oportuno para apoderarse definitivamente de nuestro debilitado bajel. ¿Quién será capaz de empuñar el timón y desafiando vientos y tempestades eludir el cerco que nos han trazado?
¿Habremos perdido definitivamente el rumbo o será la hora de la inflexión y del cambio que abreven en la audacia, la decisión, la convicción y porqué no, el patriotismo que nos permitan recuperar nuestro futuro?
Rescatemos la política y pongámosla en manos de su verdadero, auténtico dueño, el pueblo argentino y que quienes pretendan ser sus intérpretes sepan de una vez y para siempre que solo a él deberán rendirle cuentas de sus actos y que por sus actos serán juzgados. Y dejémonos de aceptar mentiras, de falsas promesas que cuanto más aderezadas vienen con arrullos populares más astutamente esconden el estilete de la traición. ¡No sigamos dejándonos engañar! La gravedad de la hora nos exige permanecer en vigilia y estar atentos a la reiteración de los viejos ardides.

* Editora de "El Grano de Arena", boletín de ATTAC Internacional.

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